• Daniel Arnaldos

polvorones 2021 #2: charcos de pis



Estar de visita en el sitio donde aprendiste a ser persona, donde se forjó tu identidad, debe ser lo más parecido que hay en el mundo "real" (o en Matrix) a hacer uno de esos viajes astrales en los que te observas desde fuera de tu propio cuerpo. Te escuchas hablar pero tú no eres el que está hablando, bueno sí, tú, pero no el "tú" consciente. El “tú” que va en piloto automático, el “tú” de los hábitos y condicionamientos que al estar grabados en tus huesos, ya ni siquiera percibes. Esos hábitos son quien “tú” eres y “tú” no eres nada sin esas maneras de actuar y pensar. Cuanto más tiempo pasas viviendo fuera, con cada visita que haces coges más vista de pájaro en ese viaje astral figurado y poco a poco ves con más detalle esos condicionamientos no examinados con los que la gente parece convivir con la mayor naturalidad pero que para ti ya empiezan a ser comportamientos (o pensamientos) que te hacen saltar las alarmas cerebrales de lo que ya quieres tolerar. Yo, por ejemplo, para hacer pis, aunque tengo pene, me siento en el váter porque así aprendí en Alemania que no se salpica. Y resulta que funciona. De repente, casi mágicamente, ya no hay gotitas sueltas en el WC. Aplicado a un baño público, si todos nos sentamos para hacer pis todo va estupendo, pero en cuanto llegue uno y haga pis de pie, las gotitas van a hacer que el siguiente ya no quiera sentarse y ese también hará pis de pie y el siguiente igual y así hasta que el baño entero sea un charco de pipí. Este "principio del charco de pis" sirve como metáfora para cualquier otro comportamiento social. Todo es contagioso, todos estamos condicionados hacia ciertos comportamientos y formas de pensar y algunos son virtuosos (que se perpetúan en positivo) y otros viciosos (que requieren que alguien venga cada día a limpiar un charco de pis que no tendría por qué existir desde un principio). ¿Por qué se permite un país "moderno" tener los baños públicos tan sucios? Te lo voy a explicar.


En plena sexta ola, salgo a la calle y me llama la atención la cantidad de gente que lleva la mascarilla al aire libre, a pesar de que es bien sabido que si se mantienen las distancias en la calle hay riesgo cero. Mi teoría es que la gente no se la pone más, porque aquí haya más responsabilidad individual que en otros países, que no la hay, sino porque es la forma que tenemos de demostrarle al vecino, visualmente, que somos responsables. Ser responsable, aquí, no es tan importante como parecer serlo. Es como la mujer del César, solo que en este caso parece la mujer pero no lo es. La modernidad, como ejemplo de este principio, se entiende en este país como la construcción de grandes infraestructuras que no tienen uso. La modernidad no se lleva dentro, es algo que se muestra y se exterioriza, es algo superficial, son las olimpiadas y las expos. Existe, por lo tanto, una estética de la modernidad, pero que no va a acompañada de una ética de la modernidad. En otras palabras: mires donde mires verás fachadas muy bonitas pero si te metes al baño casi siempre hay un charco de pis.


Otra fachada muy bonita y muy moderna: la diversidad, en el sentido más amplio posible del término. En principio, en España puedes ser la persona que tú quieras ser, porque la misma constitución te protege de ser discriminado por cualquier motivo relacionado con tus identidades, pero en la práctica, los moldes en los que tienes que encajar son demasiado pequeños para la mayoría. Esos moldes están estupendamente definidos y los mecanismos para hacerte ver que no encajas son tan sutiles como crueles. Solo gracias a la ventana al mundo de opciones que es hoy internet, encuentran las personas diversas impulso suficiente para luchar contra una sociedad tan cerrada (aunque en apariencia abierta y moderna) como es la sociedad española en la actualidad.

Lo bueno es que yo, que estoy de viaje astral, por fin lo veo todo, como te digo, desde fuera. Ya sé que en el mundo hay puzzles en los encajo sin necesidad de cambiar mi forma. Si este puzzle (el español) quiere que yo sea una pieza con posibilidad de pertenecer a él, que se comprometa con la modernidad real, la que acepta el cambio no solo como algo necesario, sino como algo inevitable. Que se haga más flexible y que me acepte tal y como soy, porque yo ya estoy bien como estoy, sin charcos de pis.

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