• Daniel Arnaldos

año ermitaño

Una lección pandémica: el tiempo ni se tiene ni se deja de tener. El tiempo se hace. Los propósitos de año nuevo solo funcionan si hace tiempo para ellos. Por ejemplo, uno decide que este año una prioridad ya urgente es comer sano regularmente y hace tiempo para planear las comidas, buscar recetas nuevas y buenas (la de opciones que hay en internet…), ir al supermercado (siempre un estrés para mi que soy de sobreestimularme muy fácilmente), cocinar y ya al final sentarse a comer (y limpiar). No solo requiere mucho tiempo, también mucha energía, la verdad. Mi cerebro entiende que merece la pena, que con una buena nutrición voy a vivir mejor más años y que incluso mañana y al día siguiente tendré más fuerzas para vivir en ese circulo virtuoso constante de sentirme bien, comer bien, repetir. Sin embargo, lo más fácil del mundo es dejar de hacer tiempo para todo ese complicado proceso cuando la motivación va poco a poco descendiendo y mi objetivo no parece tan importante. Es un misterio eso de la determinación. Incluso ahora que todo mi horario está abierto (todo enero de momento en casa sin salir) sigue siendo un reto llegar al final del día con la sensación de que he sacado todo el provecho posible a las últimas 24 horas y que además he pasado la jornada honrando mis valores fundamentales. Los días que peor me siento al respecto son los días en los que consumo más de la cuenta y sobre todo consumo cosas que no se alinean con mis valores. Zum Beispiel: esas “simpáticas oreos” que dirían las de ¿Puedo hablar!, o ese alegre y sencillo juego del iPhone al que le he entregado una hora entera sin ni siquiera un forcejeo. Pero también hay muchos días buenos. Los mejores son los que paso creando y sobre todo creando cositas acordes a mis valores (por ejemplo este post). Piénsalo, todas las actividades que haces a lo largo del día pueden ser divididas en creación/consumo. Hacer croquetas: creación, ver netflix: consumo, hacer deporte, escribir a un amigo, hacer la declaración de la renta: creación, leer el periódico: consumo. Las actividades que además de ser creativas me hacen crecer, me retan de alguna forma, me cambian, son ya la repera. En ese sentido mi carrera como cantante me da mucha satisfacción. Practico casi todos los días y cada vez que lo hago soy aproximadamente un 0,004% mejor cantante que el día anterior. Gracias a esa experiencia he ido aprendiendo a confiar en los hábitos/procesos a largo plazo, como comer sano, hacer ejercicio, meditar… Pero si estoy aquí hoy escribiendo esto es porque la vida como cantante de ópera me ofrece solo una posibilidad “creativa”: mi voz. “Creativa” entre comillas porque las expectativas en torno al repertorio y a la forma de interpretarlo son tan rígidas que una gran parte de esa energía creativa va destinada a complacer al establishment. Qué canto, cómo lo canto, cómo me muevo, qué me pongo, dónde trabajo y cuándo… Sobre todas esas cositas tengo bastante poco que decir. Esas decisiones vienen ya tomadas por otros. Ellos (casi siempre hombres heterosexuales, aunque a veces también hombres gays cis de buena familia), que dirigen los teatros, toman esas decisiones por mí. Yo, cuando tengo la suerte de ser contratado, me estudio la partitura que me han mandado y me planto el primer día de ensayos llenito de ansiedad y de ganas de complacer y listo para recibir órdenes en esa estructura híper jerárquica que llamamos teatro de ópera. Reconozco mi(s) privilegio(s) como empleado de estos teatros. Para empezar soy tenor, que es como si me hubiera tocado el gordo de navidad vocal. Es decir: Se me paga por cantar! Era mi sueño de infancia (en realidad yo lo que quería era salir en UPA, pero bueno parecido) y lo he conseguido! Lo voy a seguir haciendo porque paga las facturas bastante bien y es divertido y estimulante. Pero el caso es que a mi metafórica silla vital/artística le falta una pata: la pata de contar mis propias historias y cantar mis propias canciones. La pata de hacer música compuesta después de 1900, música escrita por humanos que no sean del tipo hombre heterosexual blanco, música que no requiera ser cantada por encima de una orquesta en una sala con 2.000 butacas y sin amplificación. Y dirás: “de dónde leches va a sacar este chico el tiempo para desarrollar todos estos proyectos tan bonitos por los que nadie le va a pagar ni un duro?”

"Mi relación con los medios de comunicación", Bernini

Atiende a la solución que se me ha ocurrido estos días para hacer tiempo: Ordenando mi lista de prioridades me he dado cuenta de que tengo una relación mega conflictiva y disfuncional con la prensa y la política. Un valor importante para mí desde tiempos inmemoriales es el de estar bien informado para así poder ser un buen ciudadano, es decir, poder votar con conocimiento de causa y que cuando alguien saque un tema de actualidad no quedarme con cara de tonto. Pero los medios de comunicación se han convertido en ese novio egoísta (narcisista quizás) que ya ni siquiera finge estar pensando en mi bienestar, estamos en ese punto en el que hay que decir: “mira, tenemos que darnos un tiempo”. Ese meterme en eldiario.es o elpais.com a ver qué me cuentan es una de mis actividades favoritas cuando mi cerebro me pide evasión. Procrastinación en estado puro. Cuando estoy de viaje encuentro confort máximo en ponerme el debate de por la noche del canal 24 horas, o dejarme llevar por el ritmo infernal de ARV mientras cocino. Incluso en Youtube la mayor parte de mis videos recomendados son comediantes americanos hablando de Trump (Trevor Noah, John Oliver y compañía). No sé qué me da más placer, si enfadarme con los políticos o con los medios por cómo echan leña al triste fuego fatuo de la actualidad en nuestros tiempos. En el pasado he consumido noticias mucho y mal (la sexta noche por favaahhh! Ese programa es ya un exceso en sí). Pero ahora ya todo eso FUERA de mi vida! Todo ese tiempo y energía preciosa a partir de ahora voy a transformarlos en espacio para la creación. Lo único que me permito hasta 2022 es Informe Semanal, que si se acaba el mundo por lo menos ahí me enteraré, además de que solo escuchar la sintonía ya me da felicidad real de esos recuerdos infantiles de sábado por la noche en casa de mis abuelos. Y yo creo que con eso y lo que me vaya contando la gente ya voy tirando. Sospecho que después de este Año Ermitaño tendré además más capacidad de discernir las maneras en las que estoy dispuesto a consumir la información. A lo mejor para entonces se hace mi sueño realidad e inventan una revista semanal o mensual, con un resumen calmado, reflexionado y moderado de la actualidad. Y en papel por favor, que tengo el iPhone seguro llenito de bacterias fecales de tanto mirar las noticias desde el trono. Pero hasta entonces, hoy sin ir más lejos, ese tiempo que he hecho se lo he dedicado a expresarme aquí, que no es poco.

P.D.: Quiero aprovechar para romper una lanza (expresión muy de tertulia de la sexta) a favor de todos los periodistas que se esfuerzan muchísimo cada día a pesar de estar explotados al máximo.No sois vosotros, es el sistema.

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